y el florentino espiritu altanero
contra sí mismo volvía los dientes. 63

Lo dejamos allí, y de él más no cuento.
Mas el oído golpeóme un llanto,
y miré atentamente hacia adelante. 66

Exclamó el buen maestro: «Ahora, hijo,
se acerca la ciudad llamada Dite, 68
de graves habitantes y mesnadas.» 69

Y yo dije: «Maestro, sus mezquitas 70
en el valle distingo claramente,
rojas cual si salido de una fragua 72

hubieran.» Y él me dijo: «El fuego eterno
que dentro arde, rojas nos las muestra,
como estás viendo en este bajo infierno.» 75

Así llegamos a los hondos fosos
que ciñen esa tierra sin consuelo;
de hierro aquellos muros parecían. 78

No sin dar antes un rodeo grande,
llegamos a una parte en que el barquero
«Salid -gritó con fuerza- aquí es la entrada.» 81

Yo vi a más de un millar sobre la puerta
de llovidos del cielo, que con rabia
decían: «¿Quién es este que sin muerte 84

va por el reino de la gente muerta?»
Y mi sabio maestro hizo una seña
de quererles hablar secretamente. 87

Contuvieron un poco el gran desprecio
y dijeron: « Ven solo y que se marche
quien tan osado entró por este reino; 90

que vuelva solo por la loca senda;
pruebe, si sabe, pues que tú te quedas,
que le enseñaste tan oscura zona.» 93

Piensa, lector, el miedo que me entró
al escuchar palabras tan malditas,
que pensé que ya nunca volvería. 96

«Guía querido, tú que más de siete
veces me has confortado y hecho libre

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