En cuanto me hube dado cuenta de ellos,
creyendo que eran rostros reflejados,
para ver de quién eran me volví; 21

y nada vi, y miré otra vez delante,
fijo en la luz de aquella dulce guía
que, sonriendo, ardía en su mirada. 24

«No te asombre -me dijo-- que sonría
de tu infantil creencia, pues tus plantas
en la verdad aún no has asentado, 27

mas vuelves a lo vano, como sueles:
lo que ves son sustancias verdaderas,
puestas aquí pues rompieron sus votos. 30

Mas háblales y créete lo que escuches;
porque la cierta luz que las aplaca
no deja que sus pies se aparten de ella.» 33

Y a la que parecía más dispuesta 34
para hablar, me volví, y comencé casi
como aquel a quien turba un gran deseo: 36

«Oh bien creado espíritu, que sientes
de los eternos rayos la dulzura
que, no gustada, nunca se comprende, 39

feliz me harías si me revelaras
cuál es tu nombre y cuál es vuestra suerte.»
Y ella, al momento y con ojos risueños: 42

«Puerta ninguna cierra nuestro amor
a un justo anhelo, como el de quien quiere
que se parezca a sí toda su corte. 45

Fui virgen religiosa en vuestro mundo;
y si hace algún esfuerzo tu memoria,
no ha de ocultarme a ti el ser aún más bella, 48

mas reconocerás que soy Piccarda,
que, puesta aquí con estos otros santos
santa soy en la esfera que es más lenta. 51

Nuestros afectos, que sólo se inflaman
con el placer del Espíritu Santo,
gozan del orden que él nos ha dispuesto. 54

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