tan veloces cual puede verse el cielo. 21

Beatriz arriba, y yo hacia ella miraba;
y acaso en tanto en cuanto un dardo es puesto
y vuela disparándose del arco, 24

me vi llegado a donde una admirable
cosa atrajo mi vista; entonces ella
que conocía todos mis cuidados, 27

vuelta hacia mí tan dulce como hermosa,
«Dirige a Dios la mente agradecida
-dijo- que al primer astro nos condujo.» 30

Pareció que una nube nos cubriera,
brillante, espesa, sólida y pulida,
como un diamante al cual el sol hiriese. 33

Dentro de sí la perla sempiterna
nos recibió, como el agua recibe
los rayos de la luz quedando unida. 36

Si yo era cuerpo, y es inconcebible 37
cómo una dimensión abarque a otra,
cual si penetra un cuerpo en otro ocurre, 39

más debiera encendernos el deseo
de ver aquella esencia en que se observa
cómo nuestra natura y Dios se unieron. 42

Podremos ver allí lo que creemos,
no demostrado, mas por sí evidente,
cual la verdad primera en que cree el hombre. 45

Yo respondí. «Señora, tan devoto
cual me sea posible, os agradezco
que del mundo mortal me hayáis sacado. 48

Mas decidme: ¿qué son las manchas negras
de este cuerpo, que a algunos en la tierra
hacen contar patrañas de Caín?» 51

Rió ligeramente, y «Si no acierta
-me dijo- la opinión de los mortales
donde no abre la llave del sentido, 54

punzarte no debieran ya las flechas
del asombro, pues sabes la torpeza
con que va la razón tras los sentidos. 57

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