contemplé una mujer de manto verde
vestida del color de ardiente llama. 33

Y el espíritu mío, que ya tanto 34
tiempo había pasado que sin verla
no estaba de estupor, temblando, herido, 36

antes de conocerla con los ojos,
por oculta virtud de ella emanada,
sentió del viejo amor el poderío. 39

Nada más que en mi vista golpeó
la alta virtud que ya me traspasara
antes de haber dejado de ser niño, 42

me volví hacia la izquierda como corre
confiado el chiquillo hacia su madre
cuando está triste o cuando tiene miedo, 45

por decir a Virgilio: «Ni un adarme
de sangre me ha quedado que no tiemble:
conozco el signo de la antigua llama.» 48

Mas Virgilio privado nos había
de sí, Virgilio, dulcísimo padre,
Virgilio, a quien me dieran por salvarme; 51

todo lo que perdió la madre antigua,
no sirvió a mis mejillas que, ya limpias, 53
no se volvieran negras por el llanto. 54

«Dante, porque Virgilio se haya ido 55
tú no llores, no llores todavía;
pues deberás llorar por otra espada.» 57

Cual almirante que en popa y en proa
pasa revista a sus subordinados
en otras naves y al deber les llama; 60

por encima del carro, hacia la izquierda,
al volverme escuchando el nombre mío,
que por necesidad aquí se escribe, 63

vi a la mujer que antes contemplara
oculta bajo el angélico halago,
volver la vista a mí de allá del río. 66

Aunque el velo cayendo por el rostro,
ceñido por la fronda de Minerva, 68

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