Y cuando el carro tuve ya delante,
un trueno se escuchó, y las dignas gentes
parecieron tener su andar vedado, 153
y se pararon junto a las enseñas.

CANTO XXX

Y cuando el septentrión del primer cielo, 1
que no sabe de ocaso ni de orto;
ni otra niebla que el velo de la culpa, 3

y que a todos hacía sabedores
de su deber, como hace aquí el de abajo
al que gira el timón llegando a puerto, 6

inmóvil se quedó: la gente santa
que entre el grito y aquel primero
vino, como a su paz se dirigió hacia el carro; 9

y uno de ellos, del cielo mensajero, 10
'Veni sponsa de Libano', cantando
gritó tres veces, y después los otros. 12

Cual los salvados al último bando 13
prestamente alzarán de su caverna,
aleluyando en voces revestidas, 15

sobre el divino carro de tal forma
cien se alzaron, ad vocem tanti senis, 17
ministros y enviados del Eterno. 18

'¡Benedictus qui venis!' entonaban, 19
tirando flores por todos los lados
'¡Manibus, oh, date ilia plenis' 21

Yo he visto cuando comenzaba el día
rosada toda la región de oriente,
bellamente sereno el demás cielo; 24

y aún la cara del sol nacer en sombras,
tal que, en la tibiedad de los vapores,
el ojo le miraba un largo rato: 27

lo mismo dentro de un turbión de flores
que de manos angélicas salía,
cayendo dentro y fuera: coronada, 30

sobre un velo blanquísimo, de olivo,

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