El manar de Helicona necesito,
y que Urania me inspire con su coro
poner en verso cosas tan abstrusas. 42

Más adelante, siete árboles áureos 43
falseaba en la mente el largo trecho
del espacio que había entre nosotros; 45

pero cuando ya estaba tan cercano
que el objeto que engaña los sentidos
ya no perdía forma en la distancia, 48

la virtud que prepara el intelecto, 48
me hizo ver que eran siete candelabros,
y Hosanna era el cantar de aquellas voces. 51

Por encima el conjunto flameaba
más claro que la luna en la serena 53
medianoche en el medio de su mes. 54

Yo me volví de admiración colmado
al bueno de Virgilio, que repuso
con ojos llenos de estupor no menos. 57

Volví la vista a aquellas maravillas
que tan lentas venían a nosotros,
que una recién casada las venciera. 60

La mujer me gritó: «¿Por qué contemplas
con tanto ardor las vivas luminarias,
y lo que viene por detrás no miras?» 63

Y tras los candelabros vi unas gentes
venir despacio, de blanco vestidas;
y tanta albura aquí nunca la vimos. 66

Brillaba el agua a nuestro lado izquierdo,
el izquierdo costado devolviéndome,
si se miraba en ella cual espejo. 69

Cuando estuve en un sitio de mi orilla,
que sólo el río de ellos me apartaba,
para verles mejor detuve el paso, 72

y vi las llamas que iban por delante
dejando tras de sí el aire pintado,
como si fueran trazos de pinceles; 75

de modo que en lo alto se veían

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