Y cual las ninfas que marchaban solas
por las sombras selváticas, buscando
cuál evitar el sol, cuál recibirlo, 6

se dirigió hacia el río, caminando
por la ribera; y yo al compás de ella,
siguiendo lentamente el lento paso. 9

Y ciento ya no había entre nosotros,
cuando las dos orillas dieron vuelta,
y me quedé mirando hacia levante. 12

Tampoco fue muy largo así el camino,
cuando a mí la mujer se dirigió,
diciendo: «Hermano mío, escucha y mira.» 15

Y se vio un resplandor súbitamente
por todas partes de la gran floresta,
que acaso yo pensé fuera un relámpago. 18

Pero como éste igual que viene, pasa,
y aquel, durando, más y más lucía,
decía para mí. «¿Qué cosa es ésta;?» 21

Resonaba una dulce melodía
por el aire esplendente; y con gran celo
yo a Eva reprochaba de su audacia, 24

pues donde obedecían cielo y tierra,
tan sólo una mujer, recién creada,
no consintió vivir con velo alguno; 27

bajo el cual si sumisa hubiera estado,
habría yo gozado esas delicias
inefables, aún antes y más tiempo. 30

Mientras yo caminaba tan absorto
entre tantas primicias del eterno
placer, y deseando aún más deleite, 33

cual un fuego encendido, ante nosotros
el aire se volvió bajo el ramaje;
y el dulce son cual canto se entendía. 36

Oh sacrosantas vírgenes, si fríos 37
por vosotras sufrí, vigilias y hambres,
razón me urge que a favor os mueva. 39

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