por el suelo aromado en todas partes. 6

Un aura dulce que jamás mudanza
tenía en sí, me hería por la frente
con no más golpe que un suave viento; 9

con el cual tremolando los frondajes
todos se doblegaban hacia el lado
en que el monte la sombra proyectaba; 12

mas no de su estar firme tan lejanos,
que por sus copas unas avecillas
dejaran todas de ejercer su arte; 15

mas con toda alegría en la hora prima,
la esperaban cantando entre las hojas,
que bordón a sus rimas ofrecían, 18

como de rama en rama se acrecienta
en la pineda junto al mar de Classe, 20
cuando Eolo al Siroco desencierra. 21

Lentos pasos habíanme llevado
ya tan adentro de la antigua selva,
que no podía ver por dónde entrara; 24

y vi que un río el avanzar vedaba, 25
que hacia la izquierda con menudas ondas
doblegaba la hierba a sus orillas. 27

Toda el agua que fuera aquí más límpida,
arrastrar impurezas pareciera,
a ésta que nada oculta comparada, 30

por más que ésta discurra oscurecida
bajo perpetuas sombras, que no dejan
nunca paso a la luz del sol ni luna. 33

Me detuve y crucé con la mirada,
por ver al otro lado del arroyo
aquella variedad de frescos mayos; 36

y allí me apareció, como aparece
algo súbitamente que nos quita
cualquier otro pensar, maravillados, 39

una mujer que sola caminaba, 40
cantando y escogiendo entre las flores
de que pintado estaba su camino. 42

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