cuando el moral se convirtió en bermejo; 39

así, mi obstinación más ablandada,
me volví al sabio guía oyendo el nombre
que en nú memoria siempre se renueva. 42

Y él movió la cabeza, y dijo: «¡Cómo!
¿quieres quedarte aquí?»; y me sonreía,
como a un niño a quien vence una manzana. 45

Luego delante de mí entró en el fuego,
pidiendo a Estacio que tras mi viniese,
que en el largo camino estuvo en medio. 48

En el vidrio fundido, al estar dentro,
me hubiera echado para refrescarme,
pues tanto era el ardor desmesurado. 51

Y por reconfortarme el dulce padre,
me hablaba de Beatriz mientras andaba:
«Ya me parece que sus ojos veo.» 54

Nos guiaba una voz que al otro lado
cantaba y, atendiendo sólo a ella,
llegamos fuera, adonde se subía. 57

'¡ Venite, benedictis patris mei!' 58
se escuchó dentro de una luz que había,
que me venció y que no pude mirarla. 60

«El sol se va --siguió- y la tarde viene;
no os detengáis, acelerad el paso,
mientras que el occidente no se adumbre.» 63

Iba recto el camino entre la roca
hacia donde los rayos yo cortaba
delante, pues el Sol ya estaba bajo. 66

Y poco trecho habíamos subido
cuando ponerse el sol, al extinguirse
mi sombra, por detrás los tres sentimos. 69

Y antes que en todas sus inmensas partes
tomara el horizonte un mismo aspecto,
y adquiriese la noche su dominio, 72

de un escalón cada uno hizo su lecho;
que la natura del monte impedía
el poder subir más y nuestro anhelo. 75

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