en su pecho no alienta demasiado, 153
apeteciendo siempre cuanto es justo.»

CANTO XXV

Dilación no admitía la subida;
puesto que el sol había ya dejado
la noche al Escorpión, el día al Toro: 3

y así como hace aquél que no se para,
mas, como sea, sigue su camino,
por la necesidad aguijonado, 6

así fuimos por el desfiladero,
subiendo la escalera uno tras otro,
pues su estrechez separa a los que suben. 9

Y como el cigoñino el ala extiende
por ganas de volar, y no se atreve
a abandonar el nido, y las repliega; 12

tal mis ganas ardientes y apagadas
de preguntar; haciendo al fin el gesto
que hacen aquellos que al hablar se aprestan. 15

Por ello no dejó de andar aprisa,
sino dijo mi padre: «Suelta el arco
del decir, que hasta el hierro tienes tenso.» 18

Ya entonces confiado abrí la boca,
y dije: «Cómo puede adelgazarse
allí donde comer no es necesario.» 21

«Si recordaras cómo Meleagro 22
se extinguió al extinguirse el ascua aquella
-me dijo- de esto no te extrañarías; 24

y si pensaras cómo, si te mueves,
también tu imagen dentro del espejo,
claro verás lo que parece oscuro. 27

Mas para que el deseo se te aquiete,
aquí está Estacio; y yo le llamo y pido
que sea el curador de tus heridas.» 30

«Si la visión eterna le descubro
-repuso Estacio-, estando tú delante,
el no poder negarme me disculpe.» 33

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