Se volvió a mí Virgilio a estas palabras
con rostro que, callando, dijo: «Calla»;
mas la virtud no puede cuanto quiere, 105

que risa y llanto siguen tan de cerca
la pasión que genera a cada uno,
que al querer menos sigue en los sinceros. 108

Así que sonreí como al secreto;
y se calló la sombra, y me miró
los ojos que revelan más el alma; 111

y: «así tanto trabajo en bien acabe
-dijo- ¿por qué hace un rato tu semblante
me ha mostrado un relámpago de risa?» 114

Ahora estaba cogido por dos partes
una me hace callar, la otra me pide
que hable; y yo suspiro y me comprende 117

mi maestro, y «No tengas ningún miedo
de hablar --me dice-; háblale y revela
lo que con tanto afán ha preguntado» 120

Por lo que yo: «Quizás te maravilles
de por qué me reí, oh antiguo espíritu,
pero aún quedarás más admirado. 123

Este que arriba guía mi mirada,
es el mismo Virgilio, en quien las fuerzas
tomaste de cantar dioses y héroes. 126

Si de otra causa pareció mi risa,
olvídala por falsa, y sólo vino
de las palabras que le prodigaste.» 129

Para abrazar los pies ya se inclinaba
a mi doctor, más él le dijo: «Hermano,
no lo hagas, porque somos los dos sombras.» 132

Y él alzando: «Ahora puedes comprender
la cantidad de amor en que me enciendes,
cuando olvido que somos cosas vanas, 135
y trato como sólidas las sombras.»

CANTO XXII

Ya el ángel se quedó tras de nosotros,
aquel que al sexto círculo nos trajo,

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