Así dijo mi guía, y yo con él
nos dirigimos hacia la escalera;
y cuando estuve en el primer peldaño, 66

sentí cerca de mí que un ala el rostro 67
me abanicaba y escuché: «Beati
pacifici, que están sin mala ira.» 69

Estaban ya tan altos los postreros 70
rayos de los que va detrás la noche,
que en torno aparecían las estrellas. 72

«¡Oh, por qué me abandonas, valor mío!»
-decía para mí, porque sentía
la fuerza de las piernas flaqueartne. 75

Ya donde más no subía llegamos
la escalera, y allí nos detuvimos,
como la nave que ha llegado al puerto. 78

Puse atención un poco, por si oía
alguna cosa en este nuevo círculo;
luego al maestro me volví y le dije: 81

«Mi dulce padre, dime, ¿qué pecado
se purga en este círculo? Si quedos
están los pies, no lo estén las palabras.» 84

Y él me dijo: «El amor del bien, escaso 85
de sus deberes, aquí se repara;
aquí se arregla el remo perezoso. 87

Y para que lo entiendas aún más claro,
vuelve hacia mí la mente, y sacarás
algún buen fruto de nuestra dernora.» 90

Ni el Creador ni la criatura, nunca
sin amor estuvieron -él me dijo-
o natural o de ánimo; ya sabes. 93

El natural no se equivoca nunca,
mas puede el otro equivocar su objeto,
porque el vigor o poco o mucho sea. 96

Mientras que se dirige al bien primero,
y en el segundo él mismo se controla,
no puede ser razón de mal deleite; 99

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