«Me engañan tus palabras o me tientan,
-me respondió- pues, hablando toscano, 137
del buen Gherardo nunca hayas oído. 138

Por ningún otro nombre le conozco,
si de Gaya, su hija, no lo saco. 140
Quedad con Dios, pues más no os acompaño 141

Ved el albor, que irradia por el humo
ya clareando; debo retirarme
(allí está el ángel) antes que me vea.» 144
De este modo se fue y no quiso oírme.

CANTO XVII

Acuérdate, lector, si es que en los Alpes
te sorprendió la niebla, y no veías
sino como los topos por la piel, 3

cómo, cuando los húmedos y espesos
vapores se dispersan ya, la esfera
del sol por ellos entra débilmente; 6

y tu imaginación será ligera
en alcanzar a ver cómo de nuevo
contemplé el sol, que estaba ya en su ocaso. 9

Mis pasos a los fieles del maestro
emparejando, fuera de tal nube
salí a los rayos muertos ya en lo bajo. 12

Oh fantasía que le sacas tantas
veces de sí, que el hombre nada advierte,
aunque suenen en torno mil trompetas, 15

¿si no son los sentidos, quién te mueve?
Una luz que en cielo se conforma,
por sí o por el Querer que aquí la empuja. 18

De la impiedad de aquella que se hizo 19
el ave que en cantar más nos deleita,
a mi imaginación vino la huella; 21

y entonces tanto se encerró mi mente
en si misma, que nada le llegaba
del exterior que recibir pudiese. 24

Luego llovió en mi fantasía uno 25
crucificado, fiero y desdeñoso

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