y donde toda ciencia resplandece, 99

véngate de esos brazos atrevidos
que a mi hija abrazaron, Pisistrato.»
Y el Señor, que benigno parecía, 102

le respondía con templado rostro:
«¿Qué haremos a quien males nos desea,
si a aquellos que nos aman condenarnos?» 105

Luego vi gente ardiendo en fuego de ira, 106
a pedradas matando a un jovencito,
gritando: «Martiriza, martiriza», 108

y al joven inclinarse, por la muerte
que le apesadumbraba, hacia la tierra,
mas sus ojos alzaba siempre al cielo, 111

pidiendo al alto Sir, en guerra tanta,
que perdonase a sus perseguidores,
con ese aspecto que a piedad nos mueve. 114

Cuando volvió mi alma hacia las cosas
que son, fuera de ella, verdaderas,
supe que mis errores no eran falsos. 117

Mi guía entonces, que me contemplaba
como a aquel que del sueño se despierta,
dijo: «¿Qué tienes que te tambaleas, 120

y has caminado más de media legua
con los ojos cerrados, dando tumbos,
a guisa de quien turban sueño o vino?» 123

«Oh dulce padre mío, si me escuchas
te contaré -le dije lo que he visto,
cuando las piernas me fueron tan flojas.» 126

Y él dijo: «Si cien máscaras tuvieses
sobre el rostro, cerrados no tendría
tus pensamientos, aun los más pequeños. 129

Es lo que viste para que no excuses
al agua de la paz abrir el pecho,
que de la eterna fuente se derrama. 132

No pregunté "qué tienes", como hiciera
quien mira, sin ver nada, con los ojos,
cuando desanimado el cuerpo yace; 135

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