Y para que no creas que te miento,
oye si fui, como te digo, loca,
ya descendiendo el arco de mis años. 114

Mis paisanos estaban junto a Colle 115
cerca del campo de sus enemigos,
y yo pedía a Dios lo que El quería. 117

Vencidos y obligados a los pasos
amargos de la fuga, al yo saberlo,
gocé de una alegría incomparable, 120

tanto que arriba alcé atrevido el rostro
gritando a Dios: «De ahora no te temo»
como hace el mirlo con poca bonanza. 123

La paz quise con Dios ya en el extremo
de mi vivir; y por la penitencia
no estaría cumplida ya mi deuda, 126

si no me hubiese Piero Pettinaio
recordado en sus santas oraciones, 128
quien se apiadó de mí caritativo. 129

¿Tú quién eres, que nuestra condición
vas preguntando, con los ojos libres,
como yo creo, y respirando hablas?» 132

«Los ojos ---dije acaso aquí me cierren,
mas poco tiempo, pues escasamente
he pecado de haber tenido envidia. 135

Mucho es mayor el miedo que suspende
mi alma del tormento de allí abajo,
que ya parece pesarme esa carga.» 138

Y ella me dijo: «¿Quién te ha conducido
entre nosotros, que volver esperas?»
Y yo: «Este que está aquí sin decir nada. 141

Vivo estoy; por lo cual puedes pedirrne,
espíritu elegido, si es preciso
que allí mueva por ti mis pies mortales.» 144

«Tan rara cosa de escuchar es ésta,
que es signo --dije,- de que Dios te ama;
con tus plegarias puedes ayudarme. 147

Y te suplico, por lo que más quieras,

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