«Y ella bien ha guiado vuestros pasos
-cortésmente el portero nos repuso-:
venid pues y subid los escalones. 93

Allí subimos; y el primer peldaño 94
era de mármol blanco y tan pulido,
que en él me espejeé tal como era. 96

Era el segundo oscuro más que el perso
hecho de piedra áspera y reseca,
agrietado a lo largo y a lo ancho. 99

El tercero que encima descansaba,
me pareció tan llameante pórfido,
cual la sangre que escapa de las venas. 102

Encima de éste colocaba el ángel
de Dios, sus plantas, al umbral sentado,
que piedra de diamante parecía. 105

Por los tres escalones, de buen grado,
el guía me llevó, diciendo: «Pide
humildemente que abran el cerrojo.» 108

A los pies santos me arrojé devoto;
y pedí que me abrieran compasivos,
mas antes di tres golpes en mi pecho. 111

Siete P, con la punta de la espada, 112
en mi frente escribió: «Lavar procura
estas manchas -me dijo- cuando entres.» 114

La ceniza o la tierra seca eran 115
del color mismo de sus vestiduras;
y de debajo se sacó dos llaves. 117

Era de plata una y la otra de oro;
con la blanca y después con la amarilla
algo que me alegró le hizo a la puerta. 120

«Cuando cualquiera de estas llaves falla,
y no da vueltas en la cerradura
-dijo él- esta entrada no se abre. 123

Más rica es una; pero la otra, antes
de abrir, requiera más ingenio y arte,
porque es aquella que el nudo desata. 126

Me las dio Pedro; y díjome que errase

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