a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia; 128
y a Saladino vi, que estaba solo; 129

y al levantar un poco más la vista,
vi al maestro de todos los que saben, 131
sentado en filosófica familia. 132

Todos le miran, todos le dan honra:
y a Sócrates, que al lado de Platón,
están más cerca de él que los restantes; 135

Demócrito, que el mundo pone en duda,
Anaxágoras, Tales y Diógenes,
Empédocles, Heráclito y Zenón; 138

y al que las plantas observó con tino, 139
Dioscórides, digo; y via Orfeo,
Tulio, Livio y al moralista Séneca; 141

al geómetra Euclides, Tolomeo,
Hipócrates, Galeno y Avicena,
y a Averroes que hizo el «Comentario». 144

No puedo detallar de todos ellos,
porque así me encadena el largo tema,
que dicho y hecho no se corresponden. 147

El grupo de los seis se partió en dos:
por otra senda me llevó mi guía,
de la quietud al aire tembloroso 150
y llegué a un sitio en donde nada luce.

CANTO V

Así bajé del círculo primero
al segundo que menos lugar ciñe, 2
y tanto más dolor, que al llanto mueve. 3

Allí el horrible Minos rechinaba. 4
A la entrada examina los pecados;
juzga y ordena según se relíe. 6


Digo que cuando un alma mal nacida
llega delante, todo lo confiesa;
y aquel conocedor de los pecados 9

ve el lugar del infierno que merece:
tantas veces se ciñe con la cola,

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