Los dos al escucharle nos volvimos,
y vimos a la izquierda un gran peñasco,
que antes ninguno habíamos notado. 102

Allí fuimos; y había allí personas
que estaban a la sombra de la piedra
como se pone el hombre por vagancia. 105

Y uno, que fatigado parecía, 106
se sentaba abrazando sus rodillas,
con el rostro inclinado puesto entre ellas. 108

«Oh mi dulce señor -dije- contempla
al que más negligente no verías
si la pereza fuese hermana suya.» 111

Entonces se volvió, mirando atento,
levantando su rostro de los muslos:
«¡Sube tú, puesto que eres tan valiente!» 114

Supe quién era entonces, y el cansancio
que aún el aliento un poco me cortaba,
no me impidió acercarme a él; y cuando 117

estuve al lado, alzó la vista apenas
diciendo: « ¿Has entendido cómo el sol
lleva su carro por el hombro izquierdo?» 120

Sus gestos perezosos y sus breves
palabras me causaron leve risa;
Después: «Belacqua -dije- no me duelo 123

ya de ti; pero di, ¿por qué te sientas
aquf precisamente? ¿escolta esperas,
o la antigua costumbre te domina?» 126

Y él: «De qué sirve, hermano, el ir a arriba,
pues no me dejaría ir al castigo
el ángel del Señor que está en la puerta. 129

Es necesario que antes gire el cielo
sobre mí tantas veces, cuanto en vida,
pues que dejé para el final el llanto; 132

si es que antes no me ayuda la oración
de un corazón surgida que esté en gracia:
porque la otra en el cielo no se escucha.» 135

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