que un mar tan cruel detrás de sí abandona; 3

y cantaré de aquel segundo reino
donde el humano espíritu se purga
y de subir al cielo se hace digno. 6

Mas renazca la muerta poesía,
oh, santas musas, pues que vuestro soy; .
y Calíope un poco se levante, 9

mi canto acompañando con las voces
que a las urracas míseras tal golpe 11
dieron, que del perdón desesperaron. 12

Dulce color de un oriental zafiro,
que se expandía en el sereno aspecto
del aire, puro hasta la prima esfera, 15

reapareció a mi vista deleitoso,
en cuanto que salí del aire muerto,
que vista y pecho contristado había. 18

El astro bello que al amor invita 19
hacía sonreir todo el oriente,
y los Peces velados lo escoltaban. 21

Me volví a la derecha atentamente,
y vi en el otro polo cuatro estrellas 23
que sólo vieron las primeras gentes. 24

Parecía que el cielo se gozara
con sus luces: ¡Oh viudo septentrión,
ya que de su visión estás privado! 27

Cuando por fin dejé de contemplarlos
dirigiéndome un poco al otro polo,
por donde el Carro desapareciera, 30

vi junto a mí a un anciano solitario, 31
digno al verle de tanta reverencia,
que más no debe a un padre su criatura. 33

Larga la barba y blancos mechones 34
llevaba, semejante a sus cabellos,
que al pecho en dos mechones le caían. 36

Los rayos de las cuatro luces santas
llenaban tanto su rostro de luz,
que le veía como al Sol de frente. 39

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