Yo no lloraba, tan de piedra era;
lloraban ellos; y Anselmuccio dijo: 50
«Cómo nos miras, padre, ¿qué te pasa?» 51

Pero yo no lloré ni le repuse
en todo el día ni al llegar la noche,
hasta que un nuevo sol salía a mundo. 54

Como un pequeño rayo penetrase
en la penosa cárcel, y mirara
en cuatro rostros mi apariencia misma, 57

ambas manos de pena me mordía;
y al pensar que lo hacía yo por ganas
de comer, bruscamente levantaron, 60

diciendo: « Padre, menos nos doliera
si comes de nosotros; pues vestiste
estas míseras carnes, las despoja.» 63

Por más no entristecerlos me calmaba;
ese día y al otro nada hablamos:
Ay, dura tierra, ¿por qué no te abriste? 66

Cuando hubieron pasado cuatro días,
Gaddo se me arrojó a los pies tendido, 68
diciendo: «Padre, ¿por qué no me ayudas?» 69

Allí murió: y como me estás viendo,
vi morir a los tres uno por uno
al quinto y sexto día; y yo me daba 72

ya ciego, a andar a tientas sobre ellos.
Dos días les llamé aunque estaban muertos:
después más que el dolor pudo el ayuno.» 75

Cuando esto dijo, con torcidos ojos
volvió a morder la mísera cabeza,
y los huesos tan fuerte como un perro. 78

¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
del hermoso país donde el «sí» suena!,
pues tardos al castigo tus vecinos, 81

muévanse la Gorgona y la Capraia, 82
y hagan presas allí en la hoz del Arno,
para anegar en ti a toda persona; 84

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