y tú por más que algún otro demonio.» 117

«Acuérdate, perjuro, del caballo
-repuso aquel de la barriga hinchada-;
y que el mundo lo sepa y lo castigue.» 120

«Y te castigue a ti la sed que agrieta
-dijo el griego- la lengua, el agua inmunda
que al vientre le hace valla ante tus ojos.» 123

Y el monedero dilo: «Así se abra
la boca por tu mal, como acostumbra;
que si sed tengo y me hincha el humor, 126

te duele la cabeza y tienes fiebre;
y a lamer el espejo de Narciso, 128
te invitarían muy pocas palabras.» 129

Yo me estaba muy quieto para oírles
cuando el maestro dijo: «¡Vamos, mira!
no comprendo qué te hace tanta gracia.» 132

Al oír que me hablaba con enojo,
hacia él me volví con tal vergüenza,
que todavía gira en mi memoria. 135

Como ocurre a quien sueña su desgracia,
que soñando aún desea que sea un sueño,
tal como es, como si no lo fuese, 138

así yo estaba, sin poder hablar,
deseando escusarme, y escusábame
sin embargo, y no pensaba hacerlo. 141

«Falta mayor menor vergüenza lava
-dijo el maestro-, que ha sido la tuya;
así es que ya descarga tu tristeza. 144

Y piensa que estaré siempre a tu lado,
si es que otra vez te lleva la fortuna
donde haya gente en pleitos semejantes: 147
pues el querer oír eso es vil deseo.»

CANTO XXXI

La misma lengua me mordió primero,
haciéndome teñir las dos mejillas,
y después me aplicó la medicina: 3

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