Vi sentados a dos que se apoyaban, 73
como al cocer se apoyan teja y teja,
de la cabeza al pie llenos de pústulas. 75

Y nunca vi moviendo la almohaza
a muchacho esperado por su amo,
ni a aquel que con desgana está aún en vela, 78

como éstos se mordían con las uñas
a ellos mismos a causa de la saña
del gran picor, que no tiene remedio; 81

y arrancaban la sarna con las uñas,
como escamas de meros el cuchillo,
o de otro pez que las tenga más grandes. 84

«Oh tú que con los dedos te desuellas
-se dirigió mi guía a uno de aquéllos-
y que a veces tenazas de ellos haces, 87

dime si algún latino hay entre éstos
que están aquí, así te duren las uñas
eternamente para esta tarea.» 90

«Latinos somos quienes tan gastados
aquí nos ves -llorando uno repuso-;
¿y quién tú, que preguntas por nosotros?» 93

Y el guía dijo: «Soy uno que baja
con este vivo aquí, de grada en grada,
y enseñarle el infierno yo pretendo.» 96

Entonces se rompió el común apoyo;
y temblando los dos a mí vinieron
con otros que lo oyeron de pasada. 99

El buen maestro a mí se volvió entonces,
diciendo: «Diles todo lo que quieras»;
y yo empecé, pues que él así quería: 102

«Así vuestra memoria no se borre
de las humanas mentes en el mundo,
mas que perviva bajo muchos soles, 105

decidme quiénes sois y de qué gente:
vuestra asquerosa y fastidiosa pena
el confesarlo espanto no os produzca.» 108

«Yo fui de Arezzo, y Albero el de Siena 109

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