justos más de lo justo-, fermentan en rencores rivalidades despechos, y el natural
deseo de desquite sobre los injustos se tiñe de la manía de ocupar su sitio haciendo lo
mismo que ellos. Otra ciudad injusta, aunque siempre diferente de la primera, está
pues excavando su espacio dentro de la doble envoltura de las Berenices injusta y
justa.
Dicho esto, si no quiero que tus ojos perciban una imagen deformada, debo
señalar a tu atención una cualidad intrínseca de esta ciudad injusta que germina
secretamente en la secreta ciudad justa: y es el posible despertar --como un
concitado abrirse de ventanas-- de un latente amor por lo justo, no sometido todavía
a reglas, capaz de recomponer una ciudad más justa aún de lo que había sido antes
de convertirse en recipiente de la injusticia. Pero si se explora aún más en el interior
de ese nuevo germen de lo justo, se descubre una manchita que se extiende como la
creciente inclinación a imponer lo que es justo a través de lo que es injusto, y quizá
éste es el germen de una inmensa metrópoli...
De mi discurso habrás sacado la conclusión de que la verdadera Berenice es
una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, alternativamente justas e injustas.
Pero lo que quería advertirte era otra cosa: que todas las Berenices futuras están ya
presentes en este instante, envueltas una dentro de la otra, comprimidad, apretadas,
inextricables.



El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas
con el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida, Utopía, la
Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.
Pregunta Kublai a Marco:
--Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros
nos impulsan los vientos propicios.
--Para llegar a esos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de
llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un
aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio del
trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de
fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno
manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es
discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se
puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos esta aflorando desparramada
dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan
en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.
Dice:
--Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en
el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo:
--El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el
infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no
sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el
punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:

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