pocos sobrevivientes daban a luz una progenie más aguerrida, invulnerable a las
trampas y refractaria a todo veneno. Al cabo de pocas semanas, los subterráneos de
Teodora volvían a poblarse de hordas de ratas prolíficas. Finalmente, en una postrer
hecatombe, el ingenio mortífero y versátil de los hombres logró la victoria sobre las
desbordantes actitudes vitales de los enemigos.
La ciudad, gran cementerio del reino animal, volvió a cerrarse aséptica sobre
las ultimas carroñas enterradas con las ultimas pulgas y los últimos microbios. El
hombre había restablecido finalmente el orden del mundo perturbado por él mismo:
no existía ninguna otra especie viviente que volviera a ponerlo en peligro. En
recuerdo de lo que había sido la fauna, la biblioteca de Teodora custodiaría en sus
anaqueles los tomos de Buffon y de Linneo.
Así creían por lo menos los habitantes de Teodora, lejos de suponer que una
fauna obligada se estaba despertando del letargo. Relegada durante largas eras a
escondrijos apartados, desde que fuera desposeída del sistema por especies ahora
extinguidas, la otra fauna volvía a la luz desde los sótanos de la biblioteca donde se
conservan los incunables, daba saltos desde los capiteles y las canaletas, se instalaba
a la cabecera de los durmientes. Las esfinges, los grifos, las quimeras, los dragones,
los hircocervos, las arpías, las hidras, los unicornios, los basiliscos volvían a tomar
posesión de su ciudad.



LAS CIUDADES ESCONDIDAS. 5

Antes que hablarte de Berenice, ciudad injusta que corona con triglifos ábacos
metopas los engranajes de sus maquinarias trituradoras de carne (los encargados del
servicio de lustrado cuando asoman la barbilla sobre las balaustradas y contemplan
los atrios, las escalinatas, las pronaos, se sienten todavía mas prisioneros y
menguados de estatura), debería hablarte de la Berenice oculta, la ciudad de los
justos, que trajinan con material de fortuna en la sombra de las trastiendas y debajo
de las escaleras, anudando una red de hilos y canos y poleas y pistones y contrapesos
que se infiltra como una planta trepadora entre las grandes ruedas dentadas (cuando
éstas se paren, un repiqueteo suave advertirá que un nuevo exacto mecanismo
gobierna la ciudad); antes que representarte las piscinas perfumadas de las termas,
tendidos a cuyo borde los injustos de Berenice urden con rotunda elocuencia sus
intrigas y observan con ojo de propietario las rotundas carnes de las odaliscas que se
bañan, tendría que decirte cómo los justos, siempre cautos para sustraerse al
espionaje de los sicofantes y a las redadas de los jenízaros, se reconocen por el modo
de hablar, especialmente por la pronunciación de las comas y de los paréntesis; por
las costumbres que mantienen austeras e inocentes eludiendo los estados de ánimo
complicados y recelosos; por la cocina sobria pero sabrosa, que evoca una antigua
edad de oro: sopa de arroz y apio, habas hervidas, flores de calabacín fritas.
De estos datos es posible deducir una imagen de la Berenice futura, que te
aproximará al conocimiento de la verdad más que cualquier noticia sobre la ciudad
tal como hoy se muestra. Siempre que tengas en cuenta esto que voy a decirte: en la
semilla de la ciudad de los justos está oculta a su vez una simiente maligna; la certeza
y el orgullo de estar en lo justo --y de estarlo más que tantos otros que se dicen
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