conventillos pálidos que se dan la espalda en prados híspidos, entre empalizadas de
tablas y techos de zinc. Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de
construcciones de magras fachadas, altas altas o bajas bajas como un peine
desdentado, parece indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se
estrechan. Pero prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio
oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un
matadero, te internas por una calle de tiendas macilentas que se pierde entre
manchones de campo despeluzado.
Las gentes que uno encuentra, si les preguntas:
--¿Para Pentesilea? --Hacen un gesto circular que no sabes si quiere decir:
"Aquí", o bien: "Más allá", o "Doblando", o si no: "Del lado opuesto".
--La ciudad-- insistes en preguntar.
--Nosotros venimos a trabajar aquí por las mañanas-- te responden algunos,
y otros--: Nosotros volvemos aquí a dormir.
--¿Pero la ciudad donde se vive? --preguntas.
--Ha de ser-- dicen por allá-- y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia
una concreción de poliedros opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus
espaldas el espectro de otras cúspides.
--¿Entonces la he pasado sin darme cuenta?
--No, prueba a seguir adelante.
Así continuas, pasando de una periferia a otra, y llega la hora de marcharse de
Pentesilea. Preguntas por la calle para salir de la ciudad, recorres el desgranarse de
los suburbios desparramados como un pigmento lechoso; llega la noche; se iluminan
las ventanas ya más escasas ya más numerosas.
Si escondida en alguna bolsa o arruga de este mellado distrito existe una
Pentesilea reconocible y digna de que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si
Pentesilea es sólo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he
renunciado a entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rodar en tu cabeza es
más angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de la
ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella?



LAS CIUDADES ESCONDIDAS. 4

Invasiones recurrentes afligieron la ciudad de Teodora en los siglos de su
historia; por cada enemigo derrotado otro cobraba fuerzas y amenazaba la
supervivencia de los habitantes. Liberado el cielo de cóndores hubo que enfrentar el
crecimiento de las serpientes; el exterminio de las arañas permitió multiplicarse y
negrear las moscas; la victoria sobre las termitas entregó la ciudad al poder de la
carcoma. Una por una las especies inconciliables con la ciudad tuvieron que
sucumbir y se extinguieron. A fuerza de destrozar escamas y caparazones, de
arrancar élitros y plumas, los hombres dieron a Teodora la exclusiva imagen de
ciudad humana que todavía la distingue.
Pero antes, durante largos años, no se supo si la victoria final no sería de la
última especie que quedara para disputar a los hombres la posesión de la ciudad: los
ratones. De cada generación de roedores que los hombres conseguían exterminar, los
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