restos que caen de los dientes de los ratones más amenazadores; pero está por
empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas
por el cielo de verano, llamándose como en un juego, dando volteretas con las alas
inmóviles, despejando el aire de mosquitos y moscas.
--Es hora de que el siglo del ratón termine y empiece el de la golondrina--
dijeron los más resueltos. Y en realidad ya bajo el torvo y sórdido predominio ratonil
se sentía incubar, entre la gente menos notoria, un impulso de golondrinas que
apuntan hacia el aire transparente con un ágil coletazo y dibujan con el filo de las
alas la curva de un horizonte que se ensancha.
Volví a Marozia años después; la profecía de la Sibila se considera cumplida
desde hace tiempo; el viejo siglo quedó sepulto; el nuevo esta en su culminaci6n. La
ciudad sin duda ha cambiado, y quizá para mejor. Pero las alas que he visto volar son
las de los paraguas desconfiados bajo los cuales párpados pesados bajan cuando los
miran; gentes que creen volar las hay, pero apenas si se levantan del suelo agitando
hopalandas de murciélago.
Sucede, sin embargo, que, rozando los compactos muros de Marozia, cuando
menos te lo esperas ves abrirse una claraboya y aparecer una ciudad diferente, que al
cabo de un instante ha desaparecido.
Quizá todo está en saber qué palabras pronunciar, qué gestos cumplir, y en
qué orden y ritmo, o bien basta la mirada la respuesta el ademán de alguien, basta
que alguien haga algo por el solo gusto de hacerlo, y para que su gusto se convierta
en gusto de los demás: en ese momento todos los espacios cambian, las alturas, las
distancias, la ciudad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una
libélula. Pero es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada
importancia, sin la pretensi6n de estar realizando una operación decisiva, teniendo
bien presente que de un momento a otro la Marozia de antes volverá a soldar su
techo de piedra, telarañas y moho sobre las cabezas.
¿El oráculo se equivocaba? No está dicho. Yo lo interpreto de esta manera:
Marozia consiste en dos ciudades: la del ratón y la de la golondrina; ambas cambian
en el tiempo, pero no cambia su relación: la segunda es la que está por librarse de la
prisión de la primera.



LAS CIUDADES CONTINUAS. 5

Para hablarte de Pentesilea tendría que empezar por describirte la entrada en
la ciudad. Tu imaginas, claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de
murallas, que te aproximas paso a paso a la puerta, vigilada por aduaneros que
echan miradas desconfiadas y torcidas a tus bártulos. Hasta que no has llegado allí,
estás afuera; pasas debajo de una arquivolta y te encuentras dentro de la ciudad; su
espesor compacto te circunda; tallado en su piedra hay un dibujo que se te revelaría
si sigues su trazado todo en espigas.
Si crees esto, te equivocas: en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y
no ves claro si estás ya en medio de la ciudad o todavía afuera.
Como un lago de orillas bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se
expande durante millas en torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura:
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