veintinueve, ocho de ellos acurrucados en el serbo; cuarenta y siete sin contar los del
gallinero. Se asemejan, parecen amables, tienen pecas en las mejillas, sonríen, alguno
con la boca sucia de moras. Pronto vi todo el puente lleno de tipos de cara redonda,
en cuclillas porque ya no tenían más lugar para moverse; desgranaban las mazorcas,
después roían las raspas. Así un año tras otro he visto desaparecer el foso, el árbol, el
serbo, ocultos por setos de sonrisas tranquilas, entre las mejillas redondas que se
mueven masticando hojas. No se puede creer, en un espacio reducido como aquel
campito de maíz, cuánta gente puede haber, sobre todo si se sientan abrazándose las
rodillas, quietos. Deben de ser muchos más de lo que parece: he visto cubrirse el
lomo de la colina de una multitud cada vez más densa; pero desde que los del puente
tomaron la costumbre de ponerse a horcajadas uno sobre los hombros del otro, no
consigo llegar tan lejos con la mirada.
Este año, por fin, al levantar la cortina, la ventana encuadra sólo una extensión
de caras: de un ángulo al otro, en todos los niveles y a todas las distancias, se ven
esas caras redondas, quietas, chatas, con un esbozo de sonrisa y en el medio muchas
manos que se sujetan a los hombros de los que están delante. Hasta el cielo ha
desaparecido. Da lo mismo que me aleje de la ventana.
No es que los movimientos me sean fáciles. En mi cuarto nos alojamos
veintiséis: para mover los pies tengo que molestar a los que se acurrucan en el suelo,
me abro paso entre las rodillas de los que están sentados en el arcón y los codos de
los que se turnan para apoyarse en la cama: todas personas amables, por suerte.



LAS CIUDADES ESCONDIDAS. 2

No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las
manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las
sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En
los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se
pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los
banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal
que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y
no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos
rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana
ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta
que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: --¡Prenda mía,
déjame probar!-- a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la
pérgola, contenta de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una
sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las
carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él
pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el
cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel
libro en que el filósofo dice: --También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo
invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve
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