cierta cifra y no seguirán adelante, y entonces la Laudomia de los muertos y la de los
no nacidos son como las dos ampollas de un reloj de arena que no se invierte, cada
paso entre el nacimiento y la muerte es un granito de arena que atraviesa el gollete, y
habrá un ultimo habitante de Laudomia que nazca, un ultimo granito por caer que
ahora esta ahí esperando encima del montón.



LAS CIUDADES Y EL CIELO. 4

Llamados a dictar las normas para la fundación de Perinzia, los astrónomos
establecieron el lugar y el día según la posición de las estrellas, trazaron las líneas
cruzadas de las calles principales orientadas una como el curso del sol y la otra como
el eje en torno al cual giran los cielos, dividieron el mapa según las doce casas del
zodíaco de manera que cada templo y cada barrio recibiese el justo influjo de las
constelaciones oportunas, fijaron el punto de los muros donde se abrirían las puertas
previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos mil años.
Perinzia --aseguraron-- reflejaría la armonía del firmamento; la razón de la
naturaleza y la gracia de los dioses daría forma a los destinos de los habitantes.
Siguiendo con exactitud los cálculos de los astrónomos, fue edificada Perinzia;
gentes diversas vinieron a poblarla; la primera generación de los nacidos en Perinzia
empezó a crecer entre sus muros, y aquellos a su vez llegaron a la edad de casarse y
tener hijos.
En las calles y plazas de Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados,
obesos, mujeres barbudas. Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los
s6tanos y los graneros, donde las familias esconden a los hijos de tres cabezas o seis
piernas.
Los astrónomos de Perinzia se encuentran frente a una difícil opción: o admitir
que todos sus cálculos están equivocados y sus cifras no consiguen describir el cielo,
o revelar que el orden de los dioses es exactamente el que se refleja en la ciudad de
los monstruos.



LAS CIUDADES CONTINUAS. 3

Cada año en mis viajes hago alto en Procopia y me alojo en la misma
habitación de la misma posada. Desde la primera vez me he detenido a contemplar el
paisaje que se ve corriendo la cortina de la ventana: un foso, un puente, una pequeña
pared, un árbol de serbo, un campo de maíz, una zarzamora, un gallinero, un lomo
de colina amarillo, una nube blanca, un pedazo de cielo azul en forma de trapecio.
Estoy seguro de que la primera vez no se veía a nadie; fue sólo al año siguiente
cuando, por un movimiento entre las hojas, pude distinguir una cara redonda y chata
que mordisqueaba una mazorca. Después de un año eran tres sobre la pequeña
pared, y al volver vi seis, sentados en fila, con las manos sobre las rodillas y algunas
serbas en un plato. Cada año, apenas entraba en la habitación, levantaba la cortina y
contaba algunas caras mis: dieciséis, incluidos los de allí abajo en el foso;

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