avanzara por cuenta propia. Así es como llegué a tener otro conjunto de textos que
procuré que corrieran paralelos al resto, haciendo un poco de montaje en el sentido
de que ciertos diálogos se interrumpen y después se reanudan; en una palabra, el
libro se discute y se interroga a medida que se va haciendo.
Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea atemporal de la ciudad, sino
que desarrolla, de manera unas veces implícita y otras explícita, una discusión sobre
la ciudad moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro
toca sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad porque el trasfondo
es el mismo. Y la metrópoli de los big numbers no aparece sólo al final de mi libro;
incluso lo que parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido en la
medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de los ojos.
¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último
poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como
ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y
Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles.
Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la destrucción del entorno natural
como de la fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir
perjuicios en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de la ciudad
demasiado grande es la otra cara de la crisis de la naturaleza. La imagen de la
"megalópolis", la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el mundo, domina
también mi libro. Pero libros que profetizan catástrofes y apocalipsis hay muchos;
escribir otro sería pleonástico, y sobre todo, no se aviene a mi temperamento. Lo que
le importa a mi Marco Polo es descubrir las razones secretas que han llevado a los
hombres a vivir en las ciudades, razones que puedan valer más allá de todas las
crisis. Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de
un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la
economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de
palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de
ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las
ciudades infelices.
Casi todos los críticos se han detenido en la frase final del libro: "buscar y saber
reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y
dejarle espacio". Como son las últimas líneas, todos han considerado que es la
conclusión, la "moraleja de la fábula". Pero este libro es poliédrico y en cierto modo
está lleno de conclusiones, escritas siguiendo todas sus aristas, e incluso no menos
epigramáticas y epigráficas que esta última. Es cierto que si esta frase se ubica al final
del libro no es por casualidad, pero empecemos por decir que el final del último
capítulo tiene una conclusión doble, cuyos elementos son necesarios: sobre la ciudad
utópica (que aunque no la descubramos no podemos dejar de buscarla) y sobre la
ciudad infernal. Y aún más: ésta es sólo la última parte del texto en cursiva sobre los
atlas del Gran Kan, por lo demás bastante descuidado por los críticos, y que desde el
principio hasta el final no hace sino proponer varias "conclusiones" posibles de todo
el libro. Pero está también la otra vertiente, la que sostiene que el sentido de un libro
simétrico debe buscarse en el medio: hay críticos psicoanalistas que han encontrado
las raíces profundas del libro en las evocaciones venecianas de Marco Polo, como un
retorno a los primeros arquetipos de la memoria, mientras estudiosos de semiología

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