--Me parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en
persona --dice a Marco el emperador cerrando el libro de golpe.
Y Polo:
--Viajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va
pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo
informe invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de
cualidades que son como las letras del nombre.

El Gran Kan posee un atlas en el cual están reunidos los mapas de todas las ciudades:
las que elevan sus murallas sobre firmes cimientos, las que cayeron en ruinas y fueron
tragadas por la arena, las que existirán un día y en cuyo lugar por ahora solo se abren las
madrigueras de las liebres.
Marco Polo hojea los mapas, reconoce Jericó, Ur, Cartago, indica los atracaderos en la
desembocadura del Escamandro donde las naves aqueas esperaron durante diez años el
reembarco de los sitiadores, hasta que el caballo clavijero de Ulises fue arrastrado a fuerza de
cabrestantes por la Puerta Escea. Pero hablando de Troya, le daba por atribuirle la forma de
Constantinopla y prever el asedio con que durante largos meses la cercaría Mahoma quien,
astuto como Ulises, habría hecho remolcar las naves por la noche aguas abajo, desde el Bósforo
hasta el Cuerno de Oro, contorneando Pera y Gálata. Y de la mezcla de aquellas dos ciudades
resultaba una tercera, que podría llamarse San Francisco y tender puentes larguísimos y
livianos sobre la Puerta de Oro y sobre la bahía, y hacer trepar tranvías de cremallera por
calles en pendiente, y florecer como capital del Pacifico de allí a un milenio, después del largo
asedio de trescientos años que llevaría a la raza de los amarillos y los negros y los pieles rojas a
fundirse con la progenie superviviente de los blancos en un imperio más vasto que el del Gran
Kan.
El atlas tiene esta virtud: revela la forma de las ciudades que todavía no poseen forma
ni nombre. Esta la ciudad con la forma de Amsterdam, semicírculo que mira hacia el
septentrión, con canales concéntricos: de los Príncipes, del Emperador, de los Señores; está la
ciudad con la forma de York, encajonada entre los altos paramos, amurallada, erizada de
torres; está la ciudad con la forma de Nueva Amsterdam llamada también Nueva York,
atestada de torres de vidrio y acero sobre una isla oblonga entre dos ríos, con calles como
profundos canales todos rectos salvo Broadway.
El catalogo de las formas es interminable: hasta que cada forma no haya encontrado su
ciudad, nuevas ciudades seguirán naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se
deshacen, comienza el fin de las ciudades. En los últimos mapas de atlas se diluían retículas
sin principio ni fin, ciudades en forma de Los Ángeles, con la forma de Kyoto-Osaka, sin
forma.




LAS CIUDADES Y LOS MUERTOS. 5

Cada ciudad, como Laudomia, tiene a su lado otra ciudad cuyos habitantes
llevan los mismos nombres: es la Laudomia de los muertos, el cementerio. Pero la
cualidad especial de Laudomia es la de ser, más que doble, triple, comprendiendo
una tercera Laudomia que es la de los no nacidos.

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