El Gran Kan posee un atlas donde todas las ciudades del imperio y de los reinos
circunvecinos están dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los muros, los ríos, los
puentes, los puertos, las escolleras. Sabe que de los informes de Marco Polo es inútil esperar
noticias de aquellos lugares que por lo demás conoce bien: cómo en Cambaluc, capital de la
China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la otra, con cuatro templos cada una y
cuatro puertas que se abren según las estaciones; cómo en la isla de Java se enfurece el
rinoceronte hace estragos cargando con su cuerno asesino; cómo se pescan las perlas en el
fondo del mar, en las costas de Malabar.
Kublai pregunta a Marco:
--Cuando regreses al Poniente, ¿repetirás a tu gente los mismos relatos que me haces
a mí?
--Yo hablo, hablo --dice Marco-- pero el que me escucha retiene sólo las palabras que
espera. Una es la descripción del mundo a la que prestas oídos benévolos, otra la que dará la
vuelta de los corrillos de descargadores y gondoleros en los muelles de mi casa el día de mi
regreso, otra la que podría dictar a avanzada edad, si cayera prisionero de piratas genoveses y
me pusieran al cepo en la misma celda junto con un escritor de novelas de aventuras. Lo que
comanda el relato no es la voz: es el oído.
-- A veces me parece que tu voz me llega de lejos, mientras soy prisionero de un
presente vistoso e invivible en que todas las formas de convivencia humana han llegado a un
extremo de su ciclo y no es posible imaginar qué nuevas formas adoptarán. Y escucho por tu
voz las razones invisibles de que vivían las ciudades y por las cuales, quizá, después de
muertas, revivirán.

El Gran Kan posee un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y
continente por continente, los confines de los reinos más lejanos, las rutas de los navíos, los
contornos de las costas, los planos de las metrópolis más ilustres y de los puertos más
opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba su saber. El
viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho,
un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda que Jerusalén está asentada sobre dos colinas, de
altura desigual y frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus jardines.
Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a
adivinar basándose en escasos indicios: así Granada, irisada perla de los Califas, Lübeck
atildado puerto boreal, Tombuctú negra de ébano y blanca de marfil, París donde millones de
hombres vuelven a casa todos los días empuñando una barra de pan. En miniaturas coloreadas
el atlas representa lugares habitados de forma insólita: un oasis escondido en un pliegue del
desierto del cual asoman sólo las copas de las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las
arenas movedizas y las vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de
recordar el Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir
entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.
El atlas representa también ciudades de las que ni Marco ni los geógrafos saben si
existen y donde están, pero que no podían faltar entre las formas de ciudades posibles: una
Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios, una
México verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una Nóvgorod de
cúpulas bulbosas, una Lhasa que levanta blancos tejados sobre el techo nublado del mundo.
Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál, y bosqueja un itinerario para llegar.
Se sabe que los nombres de los lugares cambian tantas veces como lenguas extranjeras hay; y
que a cada lugar puede llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas más diversos,
quien cabalga, viaja en carreta, rema, vuela.
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