los tazones de las fuentes, las rayas de las calzadas, los quioscos de las plazas, la pista
para las carreras de caballos. Ese punto no se queda ahí: después de un año se lo
encuentra grande como medio limón, después como un hongo políporo, después
como un plato de sopa. Y entonces se convierte en una ciudad de tamaño natural,
encerrada dentro de la ciudad de antes: una nueva ciudad que se abre paso en medio
de la ciudad de antes y la empuja hacia afuera.
Olinda no es, desde luego, la única ciudad que crece en círculos concéntricos,
como los troncos de los árboles que cada año aumentan un anillo. Pero a las otras
ciudades les queda en el medio el viejo recinto amurallado, ceñidísimo, bien
apretado, del que brotan resecos los campanarios las torres los tejados las cúpulas,
mientras los barrios nuevos se desparraman alrededor como saliendo de un cinturón
que se desata. En Olinda no: las viejas murallas se dilatan, llevándose consigo los
barrios antiguos, que crecen en los confines de la ciudad, manteniendo las
proporciones en un horizonte más ancho; éstos circundan barrios un poco menos
viejos, aunque de perímetro mayor y afinados para dejar sitio a los más recientes que
empujan desde adentro; y así hasta el corazón de la ciudad: una Olinda
completamente nueva que en sus dimensiones reducidas conserva los rasgos y el
flujo de linfa de la primera Olinda y de todas las Olindas que han brotado una de la
otra; y dentro de ese círculo más interno ya brotan --pero es difícil distinguirlas-- la
Olinda venidera y aquellas que crecerán a continuación.



...El Gran Kan trataba de ensimismarse en el juego: pero ahora era el porqué del juego
lo que se le escapaba. El fin de cada partida es una ganancia o una perdida; ¿pero de qué?
¿Cuál era la verdadera apuesta? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por la mano
del vencedor, queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de descarnar sus conquistas para
reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a la operación extrema: la conquista definitiva, de
la cual los multiformes tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una
tesela de madera cepillada.
Entonces Marco Polo habló:
--Tu tablero, sir, es una taracea de dos maderas: ébano y arce. La tesela sobre la cual
se fija tu mirada luminosa fue tallada en un estrato del tronco que creció un año de sequía:
¿ves cómo se disponen las fibras?
Aquí se distingue un nudo apenas insinuado: una yema trató de despuntar un día de
primavera precoz, pero la helada de la noche la obligó a desistir. --El Gran Kan no se había
dado cuenta hasta entonces de que el extranjero supiera expresarse con tanta fluidez en su
lengua, pero no era esto lo que le pasmaba--. Aquí hay un poro más grande: tal vez fue el nido
de una larva; no de carcoma, porque apenas nacido hubiera seguido cavando, sino de un brugo
que royó las hojas y fue la causa de que se eligiera el árbol para talarlo... Este borde lo talló el
ebanista con la gubia para que se adhiriera al cuadrado vecino, más saliente...
La cantidad de cosas que se podían leer en un trocito de madera liso y vacío abismaba a
Kublai; ya Polo le estaba hablando de los bosques de ébano, de las balsas de troncos que
descienden los ríos, de los atracaderos, de las mujeres en las ventanas...




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