A los pies del trono del Gran Kan se extendía un pavimento de mayólica. Marco Polo,
informador mudo, exhibía el muestrario de las mercancías traídas de sus viajes a los confines
del imperio: un yelmo, una conchilla, un coco, un abanico. Disponiendo en cierto orden los
objetos sobre las baldosas blancas y negras y desplazándolos uno tras otro con movimientos
estudiados, el embajador trataba de representar a los ojos del monarca las vicisitudes de su
viaje, el estado del imperio, las prerrogativas de las remotas cabezas de distrito.
Kublai era un atento jugador de ajedrez; siguiendo los gestos de Marco observaba que
ciertas piezas implicaban o excluían la vecindad de otras piezas y se desplazaban según ciertas
líneas. Desentendiéndose de la variedad de formas de los objetos, definía el modo de disponerse
los unos respecto de los otros sobre el pavimento de mayólica. Pensó: "Si cada ciudad es como
una partida de ajedrez, el día que llegue a conocer sus reglas poseeré finalmente mi imperio,
aunque jamás consiga conocer todas las ciudades que contiene".
En el fondo, era inútil que Marco para hablarle de sus ciudades recurriese a tantas
zarandajas: bastaba un tablero de ajedrez con sus piezas de formas exactamente clasificables.
A cada pieza se le podía atribuir cada vez un significado apropiado: un caballo podía
representar tanto un verdadero caballo como un cortejo de carrozas, un ejército en marcha, un
monumento ecuestre; y una reina podía ser una dama asomada al balcón, una fuente, una
iglesia de cúpula puntiaguda, una planta de membrillo.
Al volver de su ultima misión, Marco Polo encontró al Kan esperándolo sentado
delante de un tablero de ajedrez. Con un gesto lo invitó a sentarse frente a él y a describirle
con la sola ayuda del juego las ciudades que había visitado. El veneciano no se desanimó. El
ajedrez del Gran Kan tenia grandes piezas de marfil pulido: disponiendo sobre el tablero torres
amenazadoras y caballos espantadizos, agolpando enjambres de peones, trazando caminos
rectos u oblicuos como el paso majestuoso de la reina, Marco recreaba las perspectivas y los
espacios de ciudades blancas y negras en las noches de luna.
Al contemplar estos paisajes esenciales, Kublai reflexionaba sobre el orden invisible
que rige las ciudades, las reglas a las que responde su surgir y cobrar forma y prosperar y
adaptarse a las estaciones y marchitarse y caer en ruinas. A veces le parecía que estaba a
punto de descubrir un sistema coherente y armonioso por debajo de las infinitas deformidades
y desarmonías, pero ningún modelo resistía la comparación con el juego de ajedrez. Quizá, en
vez de afanarse por evocar con el magro auxilio de las piezas de marfil visiones de todos modos
destinadas al olvido, bastaba jugar una partida según las reglas, y contemplar cada estado
sucesivo del tablero como una de las innumerables formas que el sistema de las formas
compone y destruye.
En adelante Kublai Kan no tenia necesidad de enviar a Marco Polo a expediciones
lejanas: lo retenía jugando interminables partidas de ajedrez.
El conocimiento del imperio estaba escondido en el diseño trazado por los saltos
espigados del caballo, por los pasajes en diagonal que se abren a las incursiones del alfil, por el
paso arrastrado y cauto del rey y del humilde peón, por las alternativas inexorables de cada
partida.
El Gran Kan trataba de ensimismarse en el juego: pero ahora era el porqué del juego lo
que se le escapaba. El fin de cada partida es una victoria o una pérdida: ¿pero de qué? ¿Cuál
era la verdadera apuesta? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido por la mano del
vencedor, queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de descarnar sus conquistas para
reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a la operación extrema: la conquista definitiva, de
la cual los multiformes tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una
tesela de madera cepillada: la nada...

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