Kublai:--No sé cuándo has tenido tiempo de visitar todos los países que me describes.
A mí me parece que nunca te has movido de estos jardines.
Polo:--Todo lo que veo y hago cobra sentido en un espacio de la mente donde reina la
misma calma que aquí, la misma penumbra, el mismo silencio recorrido por crujidos de hojas.
En el momento en que me concentro en la reflexión, me encuentro siempre en este jardín, a
esta hora de la noche, en tu augusta presencia, aunque siempre remontando sin un instante de
descanso un río verde de cocodrilos o contando las barricas de pescado salado que bajan a la
bodega.
Kublai: --Tampoco yo estoy seguro de estar aquí, paseando entre las fuentes de
pórfido, escuchando el eco de los surtidores, y no cabalgando con costras de sudor y sangre a
la cabeza de mi ejército, conquistando los países que tú tendrás que describir, o tronchando los
dedos de los asaltantes que escalan los muros de una fortaleza asediada.
Polo: --Tal vez este jardín existe sólo a la sombra de nuestros párpados bajos, y nunca
hemos cesado, tú de levantar el polvo en los campos de batalla, yo de contratar costales de
pimienta en lejanos mercados, pero cada vez que entrecerramos los ojos en medio del
estruendo y la muchedumbre, nos está permitido retirarnos aquí vestidos con quimonos de
seda, para considerar lo que estamos viendo y viviendo, sacar conclusiones, contemplar desde
lejos.
Kublai: --Quizá este diálogo nuestro se desenvuelve entre dos harapientos apodados
Kublai Kan y Marco Polo, que revuelven en un basural, amontonan chatarra oxidada, pedazos
de trapo, papeles viejos, y ebrios con unos pocos tragos de mal vino, ven resplandecer a su
alrededor todos los tesoros del Oriente.
Polo: --Quizá del mundo ha quedado un terreno baldío cubierto de albañales y el
jardín colgante del palacio del Gran Kan. Son nuestros párpados los que los separan, pero no
se sabe cuál está adentro y cuál afuera.




LAS CIUDADES Y LOS OJOS. 5

Vadeado el río, traspuesto el paso, el hombre encuentra enfrente, de pronto, la
ciudad de Moriana, con sus puertas de alabastro transparentes a la luz del sol, sus
columnas de coral que sostienen los frontones con incrustaciones de piedra
serpentina, sus villas todas de vidrio como acuarios donde nadan las sombras de las
bailarinas de escamas plateadas bajo las arañas de luces en forma de medusa. Si no es
su primer viaje, el hombre sabe ya que las ciudades como ésta tienen un reverso:
basta recorrer un semicírculo y será visible la faz oculta de Moriana, una extensión de
metal oxidado, tela de costal, ejes erizados de clavos, caños negros de hollín,
montones de latas, muros ciegos con inscripciones desteñidas, asientos de sillas
desfondadas, cuerdas buenas sólo para colgarse de una viga podrida.
De parte a parte parece que la ciudad continuara en perspectiva multiplicando
su repertorio de imágenes: en cambio no tiene espesor, consiste sólo en un anverso y
un reverso, como una hoja de papel, con una figura de este lado y otra del otro, que
no pueden despegarse ni mirarse.



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