montañas y al despejarse dejan el aire seco y diáfano revelando ciudades lejanas. Mas allá de
aquella pantalla de humores volátiles quería llegar su mirada: la forma de las cosas se
distingue mejor en lontananza.
O bien la nube se detenía apenas salida de los labios, densa y lenta, y remitía a otra
visión: las exhalaciones que se estancan sobre los techos de las metrópolis, el humo opaco que
no se dispersa, la capa de miasmas que pesa sobre las calles bituminosas. No las frágiles
nieblas de la memoria ni la seca transparencia, sino los tizones de las vidas quemadas que
forman una costra sobre la ciudad, la espina hinchada de materia vital que no se escurre más,
el atasco de pasado presente futuro que bloquea las existencias calcificadas en la ilusión del
movimiento: esto encontrabas al término del viaje.




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