repiten sus motivos a lo largo de líneas rectas y circulares, entretejida de hebras de
colores esplendorosos, la alternancia de cuyas tramas puedes seguir a lo largo de
toda la urdimbre. Pero si te detienes a observarla con atención, te convences de que a
cada lugar de la alfombra corresponde un lugar de la ciudad y que todas las cosas
contenidas en la ciudad están comprendidas en el dibujo, dispuestas según sus
verdaderas relaciones que escapan a tu ojo distraído por el ir y venir, el hormigueo,
el gentío. Toda la confusión de Eudossia, los rebuznos de los mulos, las manchas del
negro de humo, el olor del pescado, es lo que aparece en la perspectiva parcial que tu
percibes; pero la alfombra prueba que hay un punto desde el cual la ciudad muestra
sus verdaderas proporciones, el esquema geométrico implícito en cada uno de sus
mínimos detalles.
Perderse en Eudossia es fácil: pero cuando te concentras en mirar la alfombra
reconoces la calle que buscabas en un hilo carmesí o índigo o amaranto que a través
de una larga vuelta te hace entrar en un recinto de color púrpura que es tu verdadero
punto de llegada. Cada habitante de Eudossia confronta con el orden inmóvil de la
alfombra una imagen suya de la ciudad, una angustia suya, y cada uno puede
encontrar escondida entre los arabescos una respuesta, el relato de su vida, las
vueltas del destino.
Sobre la relación misteriosa de dos objetos tan diversos como la alfombra y la
ciudad se interrogó a un oráculo. Uno de los dos objetos --fue la respuesta-- tiene la
forma que los dioses dieron al cielo estrellado y a las órbitas en que giran los
mundos; el otro no es más que su reflejo aproximativo, como toda obra humana.
Los augures estaban seguros desde hacía ya tiempo de que el armónico diseño
de la alfombra era de factura divina; en este sentido se interpreto el oráculo, sin
suscitar controversias. Pero del mismo modo tú puedes extraer la conclusión
opuesta: que el verdadero mapa del universo es la ciudad de Eudossia tal como es,
una mancha que se extiende sin forma, con calles todas en zigzag, casas que se
derrumban una sobre otra en la polvareda, incendios, gritos en la oscuridad.



--...¡Entonces el tuyo es realmente un viaje en la memoria! --El Gran Kan, siempre
con el oído atento, se sobresaltaba en la hamaca cada vez que percibía en el discurso de Marco
una inflexión melancólica. --¡Para librarte de tu carga de nostalgia has ido tan lejos! --
exclamaba, o bien--:
--Con la bodega llena de añoranzas vuelves de tus expediciones! --y añadía, con
sarcasmo--:
--¡Magras adquisiciones, a decir verdad, para un mercader de la Serenísima!
Este era el punto al que tendían todas las preguntas de Kublai sobre el pasado y sobre
el futuro; hacía una hora que jugaba como el gato con el ratón, y finalmente ponía a Marco en
aprietos, cayéndole encima, plantándole una rodilla sobre el pecho, aferrándolo por la barba:
--Esto era lo que quería saber de ti: confiesa que contrabandeas: ¡estados de ánimo,
estados de gracia, elegías!
Frases y actos quizá sólo pensados, mientras los dos, silenciosos e inmóviles, miraban
subir lentamente el humo de sus pipas. La nube ya se disolvía en un hilo de viento, ya quedaba
suspendida en mitad del aire; y la respuesta estaba en aquella nube. El soplo se llevaba el
humo, Marco pensaba en los vapores que nublan la extensión del mar y las cadenas de

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