la pesadumbre de tener que dejar la ciudad después de haberla sólo rozado con la
mirada.
Te ocurre a veces que te detienes en Fílides y pasas allí el resto de tus días.
Pronto la ciudad se decolora ante tus ojos, se borran los rosetones, las estatuas sobre
las ménsulas, las cúpulas. Como todos los habitantes de Fílides, sigues líneas en
zigzag de una calle a la otra, distingues zonas de sol y zonas de sombra, aquí una
puerta, allá una escalera, un banco donde puedes apoyar el cesto, una cuneta donde
el pie tropieza si no te fijas. Todo el resto de la ciudad es invisible. Fílides es un
espacio donde se trazan recorridos entre puntos suspendidos en el vacío, el camino
más corto para llegar a la tienda de aquel comerciante evitando la ventanilla de aquel
acreedor. Tus pasos persiguen no lo que se encuentra fuera de los ojos sino adentro,
sepulto y borrado: si entre dos soportales uno sigue pareciéndote más alegre es
porque por el pasaba hace treinta años una muchacha de anchas mangas bordadas, o
bien sólo porque recibe la luz a cierta hora, como aquel soportal que ya no recuerdas
dónde estaba.
Millones de ojos se alzan hasta ventanas puentes alcaparras y es como si
recorrieran una página en blanco. Muchas son las ciudades como Fílides que se
sustraen a las miradas, salvo si las atrapas por sorpresa.



LAS CIUDADES Y EL NOMBRE. 3

Durante mucho tiempo Pirra fue para mi una ciudad en astillada en las
laderas de un golfo, con ventanas altas y torres, cerrada como una copa, con una
plaza profunda en el centro como un pozo y con un pozo en el centro. Nunca la había
visto. Era una de las tantas ciudades donde no he llegado jamás, que me imagino
solamente a través del nombre:
Eufrasia, Otilia, Márgara, Getulia. Pirra tenía su lugar entre ellas, distinta de
cada una, como cada una inconfundible para los ojos de la mente.
Llego el día en que mis viajes me llevaron a Pirra. Apenas puse el pie, todo lo
que imaginaba quedo olvidado; Pirra se había convertido en lo que es Pirra; y yo
creía haber sabido siempre que el mar no está a la vista de la ciudad, escondido por
una duna de la costa baja y ondulada; que las calles corren largas y rectas; que las
casas están reagrupadas con intervalos, no altas, y las separan terrenos con depósitos
de carpinterías y aserraderos; que el viento mueve la girándula de las bombas
hidráulicas. Desde aquel momento el nombre Pirra evoca en mi mente esa vista, esa
luz, ese zumbido, ese aire en el que vuela un polvo amarillento: es evidente que
significa y no podía significar sino eso.
Mi mente sigue conteniendo un gran número de ciudades que no he visto ni
veré, nombres que llevan consigo una figura o fragmento o deslumbramiento de
figura imaginada: Getulia, Otilia, Eufrasia, Márgara. También la ciudad alta sobre el
golfo esta siempre allí, con la plaza cerrada en torno al pozo, pero no puedo ya
llamarla con un nombre, ni recordar como podía darle un nombre que significa otra
cosa.



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