escondidos en una lata oxidada; si se echa abajo la casa y en su lugar se construye un
palomar para cincuenta familias, se los encuentra multiplicados en las cocinas de
otros tantos apartamentos. Para distinguirlos llamaremos a unos Penates y a los otros
Lares.
En una casa no es que los Lares estén siempre con los Lares y los Penates con
los Penates: se frecuentan, pasean juntos por las cornisas de estuco, por los caños del
agua caliente, comentan las cosas de la familia, es fácil que se peleen, pero pueden
también llevarse bien durante años; Viéndolos todos en fila no se distingue cuál es
uno cuál el otro. Los Lares han visto pasar entre sus paredes a Penates de las más
diversas procedencias y costumbres; a los Penates les toca acomodarse codo con codo
con los Lares de ilustres palacios en decadencia, llenos de dignidad, o con Lares de
chabolas, quisquillosos y desconfiados.
La verdadera esencia de Leandra es tema de discusiones sin fin. Los Penates
creen que son ellos el alma de la ciudad, aunque hayan llegado el año anterior, y que
se llevan consigo a Leandra cuando emigran. Los Lares consideran a los penates
huéspedes provisionales, inoportunos, invasores; la verdadera Leandra es la de ellos,
que da forma a todo lo que contiene, la Leandra que estaba allí antes de que todos
estos intrusos llegaran, y que se quedará cuando todos se hayan ido.
En común tienen esto: que sobre cuanto sucede en la familia y en la ciudad
siempre tienen algo que criticar, los Penates sacando a relucir los viejos, los
bisabuelos, las tías segundas, la familia de otro tiempo; los Lares el ambiente tal
como era antes de que lo arruinaran. Pero no es que vivan sólo de recuerdos: urden
proyectos sobre la carrera que harán los niños cuando sean grandes (los Penates),
sobre lo que podría llegar a ser aquella casa o aquella zona (los Lares) si estuviese en
buenas manos. Prestando atención especialmente de noche, en las casas de Leandra,
se los oye parlotear y parlotear, hacerse reproches, echarse pullas, resoplidos, risitas
irónicas.



LAS CIUDADES Y LOS MUERTOS. 1

En Melania, cada vez que uno entra en la plaza, se encuentra en mitad de un
diálogo: el soldado fanfarrón y el parásito al salir por una puerta se encuentran con el
joven pródigo y la meretriz; o bien el padre avaro desde el umbral dirige las últimas
recomendaciones a la hija enamorada y es interrumpido por el criado tonto que va a
llevar un billete a la celestina. Uno vuelve a Melania años después y encuentra el
mismo diálogo que continúa; entretanto han muerto el parásito, la celestina, el padre
avaro; pero el soldado fanfarrón, la hija enamorada, el enano tonto han ocupado sus
puestos, sustituidos a su vez por el hipócrita, la confidente, el astrólogo.
La población de Melania se renueva: los interlocutores mueren uno por uno y
entretanto nacen los que se ubicarán a su vez en el diálogo, éste en un papel, aquél en
el otro. Cuando alguien cambia de papel o abandona la plaza para siempre o entra
por primera vez, se producen cambios en cadena, hasta que todos los papeles se
distribuyen de nuevo; pero entre tanto al viejo colérico continúa respondiendo la
criadilla ocurrente, el usurero no deja de perseguir al joven desheredado, la nodriza

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