LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 4

En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los
habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o
blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad,
representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio,
los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de
los hilos.
Desde la ladera de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de
Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura.
Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.
Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar
que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la
abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.
Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades
abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el
viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.



LAS CIUDADES Y LOS OJOS. 3

Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no
consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia
uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas.
Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y
prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco
en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se
dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que
la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos,
y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista,
hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su
propia ausencia.



LAS CIUDADES Y EL NOMBRE. 2

Dioses de dos especies protegen la ciudad de Leandra. Unos y otros son tan
pequeños que no se ven y tan numerosos que no se pueden contar. Unos están sobre
las puertas de las casas, en el interior, cerca del perchero y el paragüero; en las
mudanzas siguen a las familias y se instalan en los nuevos alojamientos a la entrega
de las llaves. Los otros están en la cocina, se esconden de preferencia bajo las ollas, o
en la campana de la chimenea, o en el sucucho de las escobas: forman parte de la casa
y cuando la familia que la habitaba se va, ellos se quedan con los nuevos inquilinos;
tal vez ya estaban allí cuando la casa aún no existía, entre las malas hierbas del solar,
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