que hay que saludar o que saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la
ciudad vecina que esta allí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno
tomara otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará noches
en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus vidas se renuevan de
mudanza en mudanza, entre ciudades que por la exposición o el declive o los cursos
de agua o los vientos se presentan cada una con ciertas diferencias de las otras. Como
sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diversidades de riqueza o de
autoridad, el paso de una función a la otra ocurre casi sin sacudidas; la variedad esta
asegurada por los múltiples trabajos, de modo que en el espacio de una vida rara vez
vuelve uno a un oficio que ya ha sido el suyo.
Así la ciudad repite su vida siempre igual, desplazándose para arriba y para
abajo en su tablero de ajedrez vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas
escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente
combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las
ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los
volubles, patrón de la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.



LAS CIUDADES Y LOS OJOS. 2

Es el humor de quien la mira el que da a la ciudad de Zemrude su forma. Si
pasas silbando, con la nariz levantada detrás del silbido, la conocerás de abajo para
arriba: antepechos, cortinas que se agitan, surtidores. Si caminas con el mentón sobre
el pecho, con las uñas clavadas en las palmas, tus miradas se enredarán al ras del
suelo en el agua de la calzada, las alcantarillas, las espinas de pescado, los papeles
sucios. No puedo decir que un aspecto de la ciudad sea más verdadero que el otro,
pero de la Zemrude de arriba oyes hablar sobre todo a quien la recuerda hundido en
la Zemrude de abajo, recorriendo todos los días los mismos tramos de calle y
encontrando por la mañana el malhumor del día anterior incrustado al pie de las
paredes. Para todos, tarde o temprano, llega el día en que bajamos la mirada a lo
largo de los caños de las canaletas y no conseguimos despegarlos más del pavimento.
El caso inverso no está excluido, pero es más raro: por eso seguimos dando vueltas
por las calles de Zemrude con los ojos que ahora cavan debajo de los sótanos, de los
cimientos, de los pozos.



LAS CIUDADES Y EL NOMBRE. 1

Poco sabría decirte de Aglaura fuera de las cosas que los habitantes mismos de
la ciudad repiten desde siempre: una serie de virtudes proverbiales, otros tantos
proverbiales defectos, alguna rareza, algún puntilloso homenaje a las reglas.
Antiguos observadores, que no hay razón para no suponer veraces, atribuyeron a
Aglaura su durable surtido de cualidades, confrontándolas con aquellas de otras
ciudades de sus tiempos. Ni la Aglaura que se dice ni la Aglaura que se ve ha
cambiado quizá mucho desde entonces, pero lo que era excéntrico se ha vuelto usual,

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