Los labios apretados en el tubo de ámbar de la pipa, la barba aplastada contra el gorjal
de amatistas, los dedos de los pies curvados nerviosamente en las pantuflas de seda, Kublai
Kan escuchaba los relatos de Marco Polo sin alzar la vista. Eran las noches en que una
congoja hipocondríaca pesaba sobre su corazón.
--Tus ciudades no existen. Quizás no han existido nunca. Con seguridad no existirán
más. ¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras? Bien sé que mi imperio se pudre como un
cadáver en el pantano, cuya pestilencia infecta tanto a los cuervos que lo picotean como al
bambú que crece fertilizado por su miasma. ¿Por qué no me hablas de eso? ¿Por qué mientes
al emperador de los tártaros, extranjero?
Polo sabía seguir el humor sombrío del soberano.
--Sí, el imperio está enfermo y, lo que es peor, trata de acostumbrarse a sus llagas. El
fin de mis exploraciones es este: escrutando las huellas de felicidad que todavía se entrevén,
mido su penuria. Si quieres saber cuánta oscuridad tienes alrededor, has de aguzar la mirada
para ver las débiles luces lejanas.
A veces, el Kan era presa, en cambio, de accesos de euforia Se alzaba sobre los cojines,
medía a largos pasos las alfombras tendidas bajo sus pies sobre la hierba, se asomaba a las
balaustradas de las terrazas para dominar con ojo alucinado la extensión de los jardines del
palacio real iluminados por farolillos colgados de los cedros.
--Y sin embargo --decía--, sé que mi imperio está hecho de la materia de los cristales,
y agrega sus moléculas siguiendo un dibujo perfecto. En medio del hervor de los elementos
toma forma un diamante espléndido y durísimo, una inmensa montaña facetada y
transparente. ¿Por qué tus impresiones de viaje se detienen en las engañosas apariencias y no
captan este proceso incontenible? ¿Por qué induces a melancolías inesenciales? ¿Por qué
escondes al emperador la grandeza de su destino?
Y Marco:
--Mientras a una orden tuya, sir, la ciudad una y última alza sus muros sin mácula,
yo recojo las cenizas de las otras ciudades posibles que desaparecen para cederle lugar y no
podrán ser reconstruidas ni recordadas más. Sólo si conoces el residuo de infelicidad que
ninguna piedra preciosa llegará a resarcir, podrás calcular el número exacto de quilates a que
debe tender el diamante final, y no errarás los cálculos de tu proyecto desde el principio.




LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 5

Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la
ciudad con el discurso que la describe. Y sin embargo, entre la una y el otro hay una
relación. Si te describo Olivia, ciudad rica en productos y beneficios, para significar
su prosperidad no tengo otro medio sino hablar de palacios de filigrana y cojines con
flecos en Los antepechos de los ajimeces; más allá de la reja de un patio, una
girándula de surtidores riega un prado donde un pavo real blanco hace la rueda.
Pero con este discurso tu comprendes en seguida que Olivia está envuelta en una
nube de hollín y de pringue que se pega a las paredes de las casas; que en la red de
vías los remolques, en sus maniobras, aplastan a los peatones contra los muros. Si he
de contarte la laboriosidad de los habitantes, hablo de las tiendas de los talabarteros

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