en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada uno ordenó de otra
manera que en el sueño los espacios y los muros, de modo que no pudiera
escapársele más.
Esta fue la ciudad de Zobeida donde se establecieron esperando que una
noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio
nunca mis a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo
todos los días, sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás
estaba olvidada hacia tiempo.
Nuevos hombres llegaron de otros piases, que habían tenido un sueño como el
de ellos, y en la ciudad de Zobeida reconocían algo de las calles del sueño, y
cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la
mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedara
modo de escapar.
Los que habían llegado primero no entendían que era lo que atraía a esa gente
a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.



LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 4

De todos los cambios de lengua que debe enfrentar el viajero en tierras lejanas,
ninguno iguala al que le espera en la ciudad de Ipazia, porque no se refiere a las
palabras sino a las cosas. Entré en Ipazia una mañana, un jardín de magnolias se
espejeaba en lagunas azules, yo andaba entre los setos seguro de descubrir bellas y
jóvenes damas bañándose: pero en el fondo del agua los cangrejos mordían los ojos
de los suicidas con la piedra sujeta al cuello y los cabellos verdes de algas.
Me sentí defraudado y quise pedir justicia al sultán. Subí las escalinatas de
pórfido del palacio de las cúpulas mas altas, atravesé seis patios de mayólica con
surtidores. La sala del medio estaba cerrada con rejas: los forzados con negras
cadenas al pie izaban rocas de basalto de una cantera que se abre bajo tierra.
No me quedaba sino interrogar a los filósofos. Entre en la gran biblioteca, me
perdí entre anaqueles que se derrumbaban bajo las encuadernaciones de pergamino,
seguí el orden alfabético de alfabetos desaparecidos, subí y bajé por corredores,
escalerillas y puentes. En el mas remoto gabinete de los papiros, en una nube de
humo, se me aparecieron los ojos atontados de un adolescente tendido en una estera,
que no quitaba los labios de una pipa de opio.
--¿Donde esta el sabio? --El fumador señaló fuera de la ventana. Era un jardín
con juegos infantiles: los bolos, el columpio, la peonza. El filósofo estaba sentado en
la hierba. Dijo:
--Los signos forman una lengua, pero no la que crees conocer.
Comprendí que debía liberarme de las imágenes que hasta entonces me
habían anunciado las cosas que buscaba: sólo entonces lograría entender el lenguaje
de Ipazia.
Ahora, basta que oiga relinchar los caballos y restallar las fustas para que me
asalte un ansia amorosa: en Ipazia tienes que entrar en las caballerizas y en los
picaderos para ver a las hermosas mujeres que montan a caballo con los muslos
desnudos y la caña de las botas sobre las pantorrillas, y apenas se acerca un joven
24

24