Kublai Kan había advertido que las ciudades de Marco Polo se parecían, como si el
paso de una a la otra no implicara un viaje sino un cambio de elementos. Ahora, de cada
ciudad que Marco le describía, la mente del Gran Kan partía por cuenta propia, y desmontada
la ciudad parte por parte, la reconstruía de otro modo, sustituyendo ingredientes,
desplazándolos, invirtiéndolos.
Marco entretanto continuaba refiriendo su viaje pero el emperador ya no lo escuchaba,
lo interrumpía:
-- De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades y tu verificarás si existen y
si son como yo las he pensado. Empezaré a preguntarte por una ciudad en gradas, expuesta al
siroco, en un golfo en media luna. Ahora diré alguna de las maravillas que contiene: una
piscina de vidrio alta como una catedral para seguir la natación y el vuelo de los peces
golondrina y extraer auspicios; una palmera que con las hojas al viento toca el arpa; una plaza
rodeada por una mesa de mármol en forma de herradura, con el mantel también de mármol,
aderezada con manjares y bebidas todos de mármol.
--Sir, estabas distraído. De esa ciudad justamente te estaba hablando cuando me
interrumpiste.
--¿La conoces? ¿Dónde está? ¿Cuál es su nombre?
--No tiene nombre ni lugar. Te repito la razón por la cual la describía: del número de
ciudades imaginables hay que excluir aquellas en las cuales se suman elementos sin un hilo
que los conecte, sin una regla interna, una perspectiva, un discurso. Ocurre con las ciudades
como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado
es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los
sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus
reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.
--No tengo ni deseos ni miedos --declaró el Kan --, y mis sueños están compuestos o
por la mente o por el azar.
-- También las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el
otro bastan para mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta
y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya.
--O la pregunta que te hace obligándote a responder, como Tebas por boca de la
Esfinge.




LAS CIUDADES Y EL DESEO. 5

Hacia allí, después de seis días y seis noches, el hombre llega a Zobeida,
ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un
ovillo.
Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un
sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la
vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A
fuerza de vueltas todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no
la encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el
sueño. En la disposición de las calles cada uno rehizo el recorrido de su persecución;

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