coronadas por miradores cubiertos de techos cónicos, cubas de depósitos de agua,
veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.
No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de
Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron satisfechos
con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del
primero y por siempre indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si a quien vive en
Zenobia se le pide que describa como vería feliz la vida, es siempre una ciudad como
Zenobia la que imagina, con sus pilotes y sus escalas colgantes, una Zenobia quizá
totalmente distinta, flameante de estandartes y de cintas , pero obtenida siempre
combinando elementos de aquel primer modelo.
Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades
felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos
especies, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen
dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la
ciudad o son borrados por ella.



LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS. 1


A ochenta millas de proa al viento maestral, el hombre llega a la ciudad de
Eufemia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en
cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama
volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana
que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus
enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a
remontar ríos y atravesar desiertos para ven ir hasta aquí no es solo el trueque de
mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del
imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la
sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas
rebajas de precio. No solo a vender y a comprar se viene a Eufemia sino también
porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o
barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice --como
"lobo", "hermana", "tesoro escondido", "batalla", "sarna,", "amantes" --los otros
cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de
amantes, de batallas. Y tu sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para
permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar
todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu
hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia,
la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.



...Recién llegado y sin saber nada de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía
expresarse sino extrayendo objetos de sus maletas: tambores, pescado salado, collares de
colmillos de jabalí, y señalándolos con gestos, saltos, gritos de maravilla o de horror, o
imitando el aullido del chacal y el grito del búho.
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