ayer había sido uno de sus posibles futuros ahora era solo un juguete en una esfera
de vidrio.
Fedora tiene hoy en el palacio de las esferas su museo: cada habitante lo visita,
elige la ciudad que corresponde a sus deseos, la contempla imaginando que se refleja
en el estanque de las medusas donde se recogía el agua del canal (si no hubiese sido
desecado), que recorre desde lo alto del baldaquín la avenida reservada a los
elefantes (ahora expulsados de la ciudad), que resbala a lo largo de la espiral del
minarete de caracol (perdida ya la base sobre la cual debía levantarse).
En el mapa de tu imperio, oh gran Kan, deben ubicarse tanto la gran Fedora de
piedra como las pequeñas Fedoras de las esferas de vidrio. No porque todas sean
igualmente reales, sino porque todas son sólo supuestas. Una encierra aquello que se
acepta como necesario mientras todavía no lo es; las otras, aquello que se imagina
como posible y un minuto después deja de serlo.



LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 3

El hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera al cabo del
camino, se pregunta cómo será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar.
En cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y esta dispuesto en un orden
distinto; pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa la mirada
sobre aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de
canales, huertos, basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los
príncipes, cuáles los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión, el barrio
de los lupanares. Así --dice alguien-- se confirma la hipótesis de que cada hombre
lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin
forma, y las ciudades particulares la rellenan.
No así en Zoe. En cada lugar de esta ciudad se podría sucesivamente dormir,
fabricar arneses, cocinar, acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender,
interrogar oráculos. Cualquier techo piramidal podría cubrir tanto el lazareto de los
leprosos como las termas de las odaliscas. El viajero da vueltas y vueltas y no tiene
sino dudas: como no consigue distinguir los puntos de la ciudad, aun los puntos que
están claros en su mente se le mezclan. Deduce esto: si la existencia en todos sus
momentos es toda ella misma, la ciudad de Zoe es el lugar de la existencia
indivisible. ¿Pero por qué, entonces, la ciudad? ¿Que línea separa el dentro del fuera,
el estruendo de las ruedas del aullido de los lobos?



LAS CIUDADES SUTILES. 2

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de admirable: aunque
situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes, y las casas son de bambú y
de zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distinta altura, sobre zancos que
se superponen unos a otros, unidas por escalas de cuerda y veredas suspendidas,


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