--Los otros embajadores me advierten de carestías, de concusiones, de conjuras, o bien
me señalan minas de turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta,
propuestas de suministros de armas damasquinas. ¿Y tú? -- preguntó a Polo el Gran Kan--.
Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le
ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el umbral de su casa. ¿De que te sirve,
entonces, viajar tanto? -- Es de noche, estamos sentados en las escalinatas de tu palacio, sopla
un poco de viento -- respondió Marco Polo--. Cualquiera que sea la comarca que mis
palabras evoquen en torno a ti, la verás desde un observatorio situado como el tuyo, aunque en
el lugar del palacio real haya una aldea lacustre y la brisa traiga el olor de un estuario
fangoso.
-- Mi mirada es la del que esta absorto y medita, lo admito. ¿Pero y la tuya?
Atraviesas archipiélagos, tundras, cadenas de montañas. Daría lo mismo que no te movieses
de aquí.
El veneciano sabía que cuando Kublai se las tomaba con él era para seguir mejor el hilo
de sus razonamientos; y que sus respuestas y objeciones se situaban en un discurso que ya se
desenvolvía por cuenta propia en la cabeza del Gran Kan. O sea que entre ellos era indiferente
que se enunciaran en voz alta problemas o soluciones, o que cada uno de los dos siguiera
rumiándolos en silencio. En realidad estaban mudos, con los ojos entrecerrados, recostados
sobre almohadones, meciéndose en hamacas, fumando largas pipas de ámbar.
Marco Polo imaginaba que respondía (o Kublai imaginaba su respuesta) que cuanto
más se perdía en barrios desconocidos de ciudades lejanas, más entendía las otras ciudades que
había atravesado para llegar hasta allí, y recorría las etapas de sus viajes, y aprendía a conocer
el puerto del cual había zarpado, y los sitios familiares de su juventud, y los alrededores de su
casa, y una placita de Venecia donde corría de pequeño.
Llegado a este punto Kublai Kan lo interrumpía o imaginaba que lo interrumpía, o
Marco Polo imaginaba que lo interrumpía con una pregunta como: --¿Avanzas con la cabeza
siempre vuelta hacia atrás? --o bien:--¿Lo que ves está siempre a tus espaldas? --o mejor:--
¿ Tu viaje se desarrolla sólo en el pasado?.

Todo para que Marco Polo pudiese explicar o imaginar que explicaba o que Kublai
hubiese imaginado que explicaba o conseguir por último explicarse a sí mismo que aquello que
buscaba era siempre algo que estaba delante de él, y aunque se tratara del pasado era un
pasado que cambiaba a medida que él avanzaba en su viaje, porque el pasado del viajero
cambia según el itinerario cumplido, no digamos ya el pasado próximo al que cada día que
pasa añade un día, sino el pasado más remoto. Al llegar a cada nueva ciudad el viajero
encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees
más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos.
Marco entra en una ciudad; ve a alguien vivir en una plaza una vida o un instante que
podrían ser suyos; en el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese
detenido en el tiempo tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes, en una encrucijada, en
vez de tomar por una calle hubiese tomado por la opuesta y después de una larga vuelta
hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre en aquella plaza. En adelante, de aquel
pasado suyo verdadero e hipotético, él está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta
otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había sido un posible futuro y
ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas
secas.



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