intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las
figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.
Con el sucederse de las estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó con la
lengua tártara y con muchos idiomas de naciones y dialectos de tribus. Sus relatos eran ahora
los más precisos y minuciosos que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o
curiosidad a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar remitía la
mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco lo había designado. El
nuevo dato recibía un sentido de aquel emblema y al mismo tiempo añadía al emblema un
sentido nuevo. Quizá el imperio, pensó Kublai, no es sino un zodiaco de fantasmas de la
mente.
--El día que conozca todos los emblemas-- preguntó a Marco-- ¿conseguiré al fin
poseer mi imperio?
Y el veneciano:
--Señor, no lo creas: ese día serás tú mismo emblema entre los emblemas.




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