LAS CIUDADES SUTILES. 1

Se supone que Isaura, ciudad de los mil pozos, surge sobre un profundo lago
subterráneo. Dondequiera que los habitantes, excavando en la tierra largos agujeros
verticales, han conseguido sacar agua, hasta allí y no más lejos se ha extendido la
ciudad: su perímetro verdeante repite el de las orillas oscuras del lago sepulto, un
paisaje invisible condiciona el visible, todo lo que se mueve al sol es impelido por la
ola que bate encerrada bajo el cielo calcáreo de la roca.
En consecuencia, religiones de dos especies se dan en Isaura. Los dioses de la
ciudad, según algunos, habitan en las profundidades, en el lago negro que alimenta
las venas subterráneas. Según otros, los dioses habitan en los cubos que suben
colgados de la cuerda cuando aparecen fuera del brocal de los pozos, en las roldanas
que giran, en los cabrestantes de las norias, en las palancas de las bombas, en las
palas de los molinos de viento que suben el agua de las perforaciones, en los
andamiajes de tela metálica que encauzan el enroscarse de las sondas, en los tanques
posados en zancos sobre los techos, en los arcos delgados de los acueductos, en todas
las columnas de agua, las tuberías verticales, los sifones, los rebosaderos, subiendo
hasta las veletas que coronan las aéreas estructuras de Isaura, ciudad que se vuelve
toda hacia lo alto.



Enviados a inspeccionar las remotas provincias, los mensajeros y los recaudadores de
impuestos del Gran Kan regresaban puntualmente al palacio real de Kemenfú y a los jardines
de magnolias a cuya sombra Kublai paseaba escuchando sus largas relaciones. Los
embajadores eran persas sirios coptos turcomanos; es el emperador el extranjero para cada uno
de sus súbditos y sólo a través de ojos y oídos extranjeros el imperio podía manifestar su
existencia a Kublai. En lenguas incomprensibles para el Kan los mensajeros referían noticias
escuchadas en lenguas que les eran incomprensibles: de ese opaco espesor sonoro emergían las
cifras percibidas por el fisco imperial, los nombres y los patronímicos de los funcionarios
depuestos y decapitados, las dimensiones de los canales de riego que los magros ríos
alimentaban en tiempos de sequía. Pero cuando el que hacia el relato era el joven veneciano,
una comunicación diferente se establecía entre él y el emperador. Recién llegado y
absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con
gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que
iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante
de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso
extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era
designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra
ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una
calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran
Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo
incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el
viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una
charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco
mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni
confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e

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