de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con sus
atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede
reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o
figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para
indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica,
el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores
valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la
frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes
sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como
páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso,
y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los
cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos,
qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se
extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En
la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya esta entregado a
reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante...



LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 4

Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien
la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras
ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la
propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus
calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las
casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la
forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura
musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe
de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina
por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas
del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el
puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta
ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas
casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones
ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas,
constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario
podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea
a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que
conocen Zora de memoria.
Pero inútilmente he partido de viaje para visitar la ciudad: obligada a
permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció,
se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado.




12

12