En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y
se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de
Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano,
escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de
las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a
su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.



LAS CIUDADES Y EL DESEO. 2

Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra
en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas.
Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix
crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se
cocina sobre la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho
orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que
a veces -así cuentan- invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el
agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque
mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno,
para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia
los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como
un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza
de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal
poder, que a veces dicen maligno, a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad
engañadora: si durante ocho horas al día trabajas como tallador de ágatas ónices
crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas
por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.



LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 1

El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo
se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una
huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la
flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo es intercambiable; árboles y
piedras son solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por
calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras
de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro
la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y
escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo --quién sabe
qué-- tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre
aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el callejón con las carretillas, orinar
detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente, y lo que es lícito: dar de beber a
las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta

11

11